“Agenda electoral y más allá: ‘La Heladera y el Televisor'”

“Agenda electoral y más allá: ‘La Heladera y el Televisor'”

El objetivo a cumplir en las primarias era evitar el título “ganó Cristina” y el objetivo se cumplió. Son esas cosas de la “post-verdad”, que funcionan para una gran parte de la población y que, como lo ha sido siempre, de distintos modos, no es más que una proyección ideológica de los centros de poder, que genera y/o refuerza el “sentido común” y/o las expectativas comunes de la mitad de los electores (“hay que frenar a Cristina”). Y de ellos, con poco más de un tercio de sus votos es suficiente para que nada cambie en lo inmediato.

Es por eso que en el partido entre la heladera y el televisor, gana el televisor. Por penales. Pero gana. El ser humano que vota no es un ser meramente instintivo, con su propia sobrevivencia como único objetivo. No: el ser humano que vota es un ser fundamentalmente ideológico. Y la ideología no es otra cosa que una manera de concebir la realidad y actuar en ella, así, lisa y llanamente, sin contorsiones literarias.

Esta concepción de la realidad es estructurada por los otros que fueron y también es estructurante de los otros que vienen. Pero no pensemos en una estructuración cerrada, en un mandato a cumplir obedientemente. Pensemos, más bien, en un sentido común que se proyecta desde los centros de poder y contamina a toda la población, pero sólo surte efecto en una gran parte de ella, la suficiente para establecer una “cultura dominante” y sostenible en el tiempo.

Así las cosas, el votante siente que lo desprecian y nadie le da su voto de confianza a alguien que él sienta que lo desprecia. Nadie debería despreciar a este votante, si pretende ganar su voto. Al contrario: lo debe apreciar en toda su dimensión y trabajar ideológicamente en función de ese aprecio, fabricando el sentido común que lo favorezca (al votado, no al votante), sobre todo si cuenta con todos los recursos del Estado y del Mercado para sí.

Cuando se tienen los recursos del Estado, pero no los del Mercado, como sucedió durante doce años y medio de gobierno “K”, la cosa es más difícil y es precisamente por eso que fracasó la “batalla cultural” que se intentó plantear (si es que ciertamente se planteó una “batalla cultural”, discusión que hoy no viene al caso).

En algún momento y desde algún lugar del Frente para la Victoria se alentó la creación y el pregón de frases que intentaban comunicar un sentimiento de pertenencia a un colectivo, así como el rechazo a cualquier personalismo. Claros ejemplos son “El Candidato es el Proyecto” (un slogan hacia adentro de la organización, para soportar -en todos sus sentidos- la candidatura de Scioli) y “La patria es el Otro” (un slogan hacia afuera de la organización, para contener todos los votos posibles), ambos complementarios.

Pero ese gran esfuerzo ideológico que tuvo su fragua en el Frente para la Victoria, se enfrentó con ese otro gran esfuerzo ideológico que tuvo y tiene su fragua en una historia bicentenaria que todavía lo resiste, lo expulsa, lo deforma.

Así, “El Candidato es el Proyecto” pasó a ser, para propios y ajenos, simplemente una mascarada cuyo verdadero sentido era que el ganador de las elecciones sólo sería una marioneta de la única conducción posible, de la única candidata posible, que era (y sigue siendo) Cristina. Así, “La Patria es el Otro” pasó a ser, para propios y ajenos, simplemente una mascarada cuyo verdadero sentido era que ello sería así, siempre y cuando el “otro” aceptara que “uno” está en lo cierto y debe ser acompañado, sólo acompañado, de ningún modo siquiera aconsejado.

 

Aquel esfuerzo ideológico se completa con las interpelaciones de la misma Cristina: te dice que te empoderes. Te dice que va a pasar lo que vos quieras que pase. Te dice que vos sos tu propio dirigente político. Te dice que se acabaron los liderazgos individuales. Te dice que en la construcción política debe primar la horizontalidad y no debe haber lugar para el predominio de una fuerza sobre otra. Te dice que resistas para avanzar, no sólo para aguantar.

Pero no hay caso: el sentido común dominante coloca al ciudadano como único responsable de su propio destino, y, al tiempo que lo enaltece en apariencia, lo envilece en la realidad, porque si es el único responsable de su propio destino, el otro no le importa nada, el otro es tan sólo un obstáculo que debe ser removido, que debe ser desaparecido de la ruta.

El personalismo no se diluye. Lo colectivo no se materializa. Porque estas son las características dominantes de nuestra cultura, de nuestro sentido común: el individualismo y la exclusión, aun en movimientos populares, nacionales, democráticos. Es la fragua bicentenaria.

(*)  Carlos Sortino exclusivo para Cadena BA. 27/09/2017

Periodista, ex docente de la UNLP. Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA)

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