Austria: Punta de iceberg del persistente crecimiento de la ultraderecha europea

Austria: Punta de iceberg del persistente crecimiento de la ultraderecha europea

Esta semana en Austria el ultranacionalista líder del Partido de la Libertad, Norbert Hofer estuvo muy cerca de transformarse en el primer presidente de extrema derecha de la Unión Europea (UE), tras perder por un estrecho margen con el ecologista Alexander van der Bellen.

Este hecho constituyó apenas otra señal de un fenómeno que amenaza extenderse como reguero de pólvora e incluso consolidarse en la atmósfera política de “los 28”.

Efectivamente, se trata sólo de la punta del iceberg. Según datos del medio digital español especializado El Confidencial, los movimientos ultraderechistas y xenófobos representan hoy en los Parlamentos europeos el 12,7% en Reino Unido (UKIP), el 13,6% en Francia (FN), el 19,12% en Finlandia (FINNS), el 12,9% en Suecia (Sverigedemokraterna, SD), 6,9% en Grecia (Amanacer Dorado) y 4,7% en Alemania (AFD), entre una extensa lista de ejemplos posibles.

La mayoría de las elecciones nacionales y regionales en los Estados de la UE de los últimos años se han venido traduciendo indefectiblemente en una subida de los movimientos ultraderechistas.

Un ejemplo de este giro lo constituyen las triples elecciones en Alemania de marzo pasado, donde el partido Alternativa para Alemania (AfD) no sólo logró un ascenso récord de votantes sino que agregó a este resultado una particularidad: buena parte del voto de protesta que engrosaba las arcas electorales de la izquierda migró hacia esta formación conservadora euroescéptica y antiinmigración.

Si bien el rechazo de la UE y la salida del euro son una especie de común denominador en estos movimientos, lo cierto es que su crecimiento fue acompañado de una serie de transformaciones en sus reclamos y en su retórica.

Desde sus orígenes, las ideologías nazi-fascistas y la simbología nostálgica y siniestra de los uniformes paramilitares, el odio antisemita y la violencia racista fueron la nutriente principal de algunos de estos colectivos, y si bien en parte aún persisten, empiezan a desaparecer progresivamente, para dar lugar a una retórica que hábilmente encubre ese genealogía .

En lugar del manifiesto antisemitismo que los caracterizó antes, los nuevos ultras subrayan la cultura, la identidad y los valores, frente al incremento de la inmigración y la creciente sensación europea de que el Islam constituye “una amenaza”, sobre todo tras los ataques yihadistas de los últimos años contra algunas de sus principales capitales.

El nuevo rostro de la ultraderecha busca en efecto “desdiabolizar” su imagen, y en aras de ese objetivo adopta un discurso inespecífico, aunque radical, de rechazo al sistema y a la inmigración, particularmente musulmana y rumano-gitana, así como de defensa de los “blancos pobres”.

Hacen un uso intensivo de la Red Internet, así como de las redes sociales y plataformas informáticas de intercambio de información (P2P) para compartir información y convocar marchas, además de reclutar nuevos miembros entre los millones de europeos golpeados por la crisis, entre quienes encuentran creciente apoyo.

En Francia, Marine Le Pen mezcla un amplísimo arco de argumentos antisistema para atacar el “capitalismo salvaje”, y la “Europa ultraliberal”, a lo que suma ácidas críticas a los “efectos devastadores de la globalización”, y el “imperialismo económico” de Washington.

En Reino Unido, la retórica eurofóbica y de “soberanía nacional” del líder del UKIP, Neil Farage, le dan peso específico al movimiento y lo envalentonan al punto de exigir una segunda vuelta en el reférendum del “brexit” (salida británica del bloque) del próximo 26 de junio, si los pro-UE triunfara por un margen pequeño.

La encendida retórica anti inmigrante seduce a amplios fragmentos de las clases sociales trabajadoras agobiadas por la crisis, el desempleo, la desindustrialización y que no encuentran otro lugar de identificación en el marco del creciente desprestigio de las formaciones políticas tradicionales.

La crisis migratoria desde países de Medio Oriente que sin precedentes golpea a Europa, por otra parte, da de lleno en el desarraigo identitario que muchos europeos ya experimentan por la globalización, y que pone en cuestión certidumbres como la familia, la sociedad, la nación, la religión y el trabajo.

Ni la derecha liberal ni la izquierda han podido responder -a juzgar por los resultados electores- a todas estas nuevas angustias con la velocidad con que sí lo hicieron los partidos de extrema derecha.

“Las extremas derechas han sido las únicas que han tomado en cuenta el desarraigo de las poblaciones afectadas por la erosión de su patrimonio material -paro, poder adquisitivo- y de su patrimonio inmaterial, es decir su estilo de vida amenazado por la globalización, la inmigración y la Unión Europea”, señala Dominique Reynié, especialista de los nuevos populismos en Europa.

Iván Gajardo

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