Camus. Un hombre sin tiempo

Camus. Un hombre sin tiempo

«Un hombre es siempre presa de sus verdades» dijo Camus a los treinta años. “Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas”: así concluye esta frase y con ella hace casi una profecía autocumplida de su propio destino. Al igual que Pasolini, Camus fue un caso atípico dentro de la intelectualidad europea de posguerra. La coherencia y la fuerza de convicción lo llevaron prácticamente a la soledad y a la exclusión de determinados sectores.
Para él, la moral estaba por encima de la política, y la ideología poco tenía que ver con los partidos políticos que tenían como emblema determinadas ideas. Posiblemente tenía razón, y sino, no modificaba mucho las cosas. Pretender una política moral sin objetivizar la amplitud de aspectos es casi una batalla oximorónica -por qué no- del alma. Camus tuvo agallas, pudo poner en palabras lo que la «mayoría silenciosa» en general calla: Esa fisura en la conciencia que permite que lo inconsciente aflore.
Escribió en un tiempo en el cual criticar al partido comunista era juzgado técnicamente como jugar para la derecha, y lo cierto es que políticamente así resultaba. En contra de los comunistas, en contra de la izquierda y hasta en contra de sus propios amigos, denunció los campos de trabajo soviéticos y el cinismo de ciertas prácticas llamadas revolucionarias. Sinceramente no le importó. Llegó a decir: «Si finalmente la verdad estuviera a la derecha, allí estaría yo». La izquierda entera lo excomulgó.
Esto hace que uno, como lector por ejemplo, se replantee el tema de las múltiples morales, tema que nos atañe transgeneracionalmente, ¿hasta qué punto de veras hay un filtro cuando respondemos ante un partido político? ¿Nos enceguecemos o lo intelectualizamos?, ergo actuamos genuinamente por propia convicción lo cual hace que podamos apartar el fanatismo y ver los matices. ¿Acaso hay un puente que une la lógica colectiva con la ética colectiva? ¿Hay una ética colectiva? Como sea. Camus murió demasiado joven, demasiado temprano. Demasiado absurdo es este universo lleno de paradojas fatales. Se murió a los cuarenta y seis años, cuando todavía se esperaba todo de él. Poco sentido encuentra uno ante el cachetazo del deceso prematuro. Es la razón sinrazón. Camus se murió y dejó una grieta en las conciencias coherentes. Como decía Nietzsche ‘se muere demasiado pronto o demasiado tarde’. Yo creo en el destiempo, pero también creo en la sabiduría de la fuerza natural, en la resignificación: Tal vez la muerte de Camus no haya sido prematura, no haya sido a destiempo, tal vez esa tragedia hizo a la puntualidad con alguna otra cosa, vaya uno a saber, yo creo que aquel que se convierte en un paradigma transgeneracional, aquel que ha despertado subjetividades ávidas al conocimiento no muere. Encarna en aquellos que luchan, que piensan, pero que también sienten. Aquellos que hacen de esas dos verdades -la que hay que decir y la que hay que callar- una sola. La única. La que, en el fondo, todos sabemos. En el centenario de su natalicio un diario europeo dijo “Hoy se conmemora el centenario del nacimiento del mejor hombre de Francia…”, pues lo cierto es que, justamente, lo que no querían de Camus era al argelino, a ese sobreviviente de la miseria africana, de la guerra y del suicidio. Un hombre que no tuvo tiempo, pero que sin duda, ha hecho un clic en la historia.

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Tags: Camus, Pasolini