De grandilocuentes batallas y peleas diarias

De grandilocuentes batallas y peleas diarias

Laberinto

A veces me pierdo en los intersticios de la batalla cultural. Me pierdo en sus bordes y superficies. Por la simple razón de que me pierdo en ese campo que se denomina cultura. Me perdí en esa diferencia con la Naturaleza y en la naturaleza misma. Pero de terca nomás, regreso a intentar entender el término, que si bien habilita a la pelea contra la hegemonía de ciertas pautas de comportamiento que imponen un orden establecido de las clases para que nunca se modifique, aún me provoca ruido la concepción también uniforme. Es bien sabido que la estructura económica y sus intereses condicionan los discursos y conductas, tradiciones y lenguajes, usos y costumbres para que sean internalizados de tal forma que nada cambie el ordenamiento social y menos subvierta ese orden. Pero, si la cuestión radica en los poderes económicos, no es más factible modificarlos a ellos para que la contrahegemonía cultural se manifieste? Qué es la contrahegemonía cultural en definitiva? Más allá de los tratados teóricos elaborados por quienes saben desde la conciencia crítica. Es situar otra forma también generalista de pensar la sociedad? Así no funciona. Y allí es donde trato de interpretar la cultura, que viene de la mano de la identidad y del ser nacional. No existen tales definiciones en la práctica, de haberlas estaríamos en una dictatorial definición de cómo debemos ser, que rasgos tener, que conductas elaborar, que pensamiento inferir, que alegrías proferir, que ritmos disfrutar, que lenguas adscribir. Es más, la heterogeneidad es sinónimo de libertad e igualdad democrática, todos distintos, todos entendidos en sus particularidades. Por eso no voy a hablar más de batalla cultural, la cultura misma es un campo de constante lucha, de grupos y subgrupos y minúsculos grupos con sus historias, largas o mínimas, sus códigos, sus hábitos, la cultura es un campo de pelea en construcción permanente que no conoce de límites geográficos ni debiera conocer de límites del pensamiento. Y no quiero perderme esta vez, en las superficies inconducentes que cuestionan formas. Prefiero perderme en ese marasmo cambiante y delirante de la cultura casi itinerante, atrevida y multiforme.

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