El capitalista del rugby. Cuento del libro "Leyendas del rugby", pág 141 ediciones del Dragón.

El capitalista del rugby. Cuento del libro "Leyendas del rugby", pág 141  ediciones del Dragón.

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En la época del amateurismo más puro, en los años románticos
de Erhman y Giles, cuando a nadie se le ocurría
ni remotamente asociar el dinero a la ovalada, él, justamente
él, fue un capitalista del rugby. Tenía el sueño de
viajar y pensó que el deporte que lo apasionaba podía
ayudarlo a concretar ese sueño. Era un avanzado estudiante
de medicina y las largas horas que dedicaba a Fisiología
I o Anatomía Patológica le quitaban tiempo para
tener un trabajo estable. Entonces se le ocurrió juntar
unos pesos con el deporte al que le ponía tanta pasión
desde varios años atrás. Como también le gustaba escribir,
unió rugby y escritura y fundó una revista, Tackle, la tercera
publicación exclusiva de rugby en La Argentina. Así
se pasó un año entero recorriendo las canchas viendo (y
admirando) a jugadores legendarios. Un tiempo después
con esa plata se financió su primer y, ahora podemos decir
mitológico, viaje por América.
En Tackle no firmaba con su nombre, usaba el seudónimo
de “Chan- cho”, el apodo que le habían puesto sus
amigos de Estudiantes de Córdoba, el club donde había
empezado a jugar a los catorce años, por su escaso apego
a la higiene. Él siempre lo tomó con humor.
Cuando su familia volvió a instalarse en Buenos Aires,
muchas cosas cambiaron en la vida de Fuser, así lo llamaba
su amigo Alberto uniendo las tres primeras letras de
“furibundo” con las tres primeras letras de su segundo
apellido, “Serna”. Lo que permaneció inalterable fue su
amor al rugby. Se presentó en el SIC para seguir jugando
y a poco estuvo de incorporarse al club zanjero. Se lo impidió
su padre. A Don Ernesto le daba miedo que el hijo,
de salud frágil, practicara ese deporte de brutos y movió
sus influencias. Habló con un amigo directivo del San Isidro
Club, y consiguió que le negaran la incorporación al
SIC. Pero Fuser era un obstinado: Viejo, me gusta el rugby y
aunque reviente voy a seguir jugando. Se fue a jugar a Yporá,
un equipo de la Liga Católica, que un tiempo después se
convirtió en Atalaya.
El periodista Diego Bonadeo era un adolescente jugador
de Atalaya, y se sorprendió cuando vio a un inside
que usaba las orejeras que por aquellos años estaban
limitadas a los fowards. No fue lo único que sorprendió
al joven Bonadeo. El Chancho, para esa época ya había
revalidado su apodo con esa costumbre de no bañarse
después de los partidos, era muy corajudo a la hora de
tacklear y además mostraba una tenacidad impactante
para sobreponerse al asma, la enfermedad que lo aquejaba
desde la infancia. Bonadeo en persona le guardaba el
asmapul, un atomizador padre o abuelo del Ventolín, a un
costado de la cancha y Fuser dos o tres veces por partido
salía totalmente ahogado, se daba un saque y volvía a jugar
como si nada.
A fines del 51 el capitalista del rugby ya había juntado
la plata que necesitaba para su viaje y avisó en el club
que el año siguiente no iba a jugar. No lo vieron más por
Atalaya. Le perdieron el rastro y él se perdió la alegría de
ver a su club en primera, cosa que ocurrió en 1954, incorporación
de varios jugadores del intervenido CUBA
mediante.
Nadie supo más de él.
Cada tanto, en las charlas de tercer tiempo, se acordaban
de Fuser y su asmapul. Sigue viajando por todos lados,
decía alguien que tenía la posta.
Una mañana en el verano del 59, a Alberto Montaña, uno
de los grandes amigos del Chancho en Atalaya, se le cayó
el diario de las manos. —¡¡No puede ser!! Corrió al teléfono
y llamó a su viejo amigo Diego Bonadeo: ¿Viste
el despelote que hay en Cuba? ¿A que no sabés quién es el
argentino que dicen que maneja la cosa…?

Chancho, Fuser, el pibe de la revista Tackle, el hijo de
Don Ernesto.
El mundo del rugby argentino ya lo conocía bien.
En el 59 lo conoció el mundo entero. Y le empezaron a decir Che.

Daniel Dionisi

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