FACUNDO: DESCIFRANDO EL DESTINO NACIONAL Y OTRAS CUESTIONES – PRIMER ABORDAJE

FACUNDO:        DESCIFRANDO EL DESTINO NACIONAL Y OTRAS CUESTIONES –  PRIMER ABORDAJE

Facundo

Jorge Dossi

Abordar el texto sarmientino, al que siempre se vuelve por múltiples razones, es un ejercicio que nos encuentra dispuestos a encontrar nuevos caminos para desentrañar esa pintura pasional que plasmara el sanjuanino, esa pintura que aún nos interpela, nos desnuda, nos desafía, ya sea para adherir a su ideario, o para refutar, con fundamentos, lo que tiene para decirnos.
Generaciones de argentinos seducidos o molestos por la prosa inagotable del Facundo han construido torres desde donde se divisa el lugar elegido para colocarse a favor o en contra de sus mitos, sus mentiras, sus verdades.
No puedo pasar por alto que luego de años de bucear en ensayos sobre el tema, uno llega a sostener y defender una postura que persiste en cuestionar la dureza de esa torre de pensamiento. En efecto, Sarmiento, y su criatura no pasan desapercibidos para los “rastreadores del espíritu colectivo”, tal como los denomina Carlos Mastronardi en su obra “Formas de la Realidad Nacional”.
¿Acaso no cabe atribuirle a Sarmiento un tono pesimista, un sentimiento de culpa al acometer su obra? El sanjuanino -como también señala Jauretche en su zoncera- concibe la existencia de un mal que aqueja a la Argentina y le impide ser lo que el futuro le tiene reservado.
Esa nefasta extensión inabarcable, ese desierto hostil que hay que domar para implantar el proceso civilizatorio atenta naturalmente contra cualquier idea que ose desafiarlo. Un mundo inquietante al que la razón iluminista reduce en el acecho del salvaje. El desierto y el salvaje jamás podrán ser analizados desde un encuadre inclusivo. Por el contrario, el plan de instalar Europa en América necesariamente conduce a su desaparición. De ahí que se machaque con la subestimación del nativo respecto de su entorno natural. El desdén por el río que se le adjudica al gauchaje es apenas una muestra del interés mayor que la navegabilidad de su curso representa para la estrategia porteña que apuesta intimar su vínculo con las naciones europeas.
Si la civilización esta en Buenos Aires, si Buenos Aires es en sí misma la cuna de la civilización, el resto de ese enorme territorio, donde los hombres deben resignarse a sobrevivir, frente a los riesgos de morir de manera violenta, no es más que la barbarie.
Ese estado salvaje, en el que transcurre la vida del gaucho, es un condicionante de su actuación y aquí resalta la lectura que Sarmiento realiza de la obra de Montesquieu, especialmente, “El Espíritu de las Leyes”, en la que este, expone su teoría acerca de la existencia de un orden en el acontecer histórico.
Según Montesquieu, los códigos legales y las instituciones que rigen la vida de los pueblos tienen una estrecha relación con condicionantes de carácter cultural (costumbres, religión, etc.) y natural (clima, geografía, etc.).
Pero no solo ese vasto territorio, obra como una condena para el desarrollo del país; de igual modo, la fusión de razas, esa homogeneidad maldita fruto de cruzas indeseables, estigmatiza la incorporación de indígenas y de negros, contribuyendo a obtener un resultado nefasto en la composición del hombre de nuestras tierras.
La mirada despectiva hacia lo nuestro está presente en el texto y las alusiones al buen hablar, al buen vestir, la poesía culta, etc., se yerguen como ejemplos de un estilo civilizado, que contrasta sobremanera con el modo desaliñado del gaucho.
La ciudad también debe ser una continuidad de Europa, por ello, Buenos Aires, portadora de una civilización poderosa terminará imponiéndose.
¿Puede el Facundo ser leído como un intento por descifrar el destino nacional para encarar el progreso futuro?
¿Puede culparse a Sarmiento por su afán de batallar una idea que, desparramándose por el mundo del siglo XIX, ancló en nuestro país para hacer escuela, reclutando cabezas dispuestas a cumplir un mandato civilizatorio, atropellando una cosmovisión casera, que aún en pañales, no alcanzó a echar raíces en un territorio difícil de doblegar?
Sarmiento está convencido que Rosas es la expresión de la antipatía por la civilización europea. Hay que luchar y derrotar a la barbarie. La barbarie conspira contra el proyecto civilizatorio. Quiroga y el resto de los caudillos odian las leyes, a la sociedad y su organización. Para enfrentar esta dicotomía es necesario estructurar una interpretación de la vida nacional a partir de oposiciones.
¿La crucial antinomia civilización o barbarie puede ser leída desde una concepción dialéctica de la historia? El Facundo es el exponente más claro de una antinomia personalizada y en esa lucha entre civilización y barbarie se encuentra el motor que dinamiza la vida histórica. Leer al Facundo con Marx como propone el amigo Federico Siculer puede ser interesante, leerlo con Montesquieu, Saint Simón o Fourier quizás resulte menos novedoso aunque por cierto, no menos atendible en pos de continuar desentrañando su sorprendente vigencia.

Jorge Dossi

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