"M´hijo el dotor"

"M´hijo el dotor"

En el año 1903 se estrenó en el Teatro de la Comedia de Buenos Aires la obra «M’hijo el dotor», del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez. En ella, el personaje “Don Olegario”, un hombre de campo con cierta fortuna, envía a su único hijo a estudiar a la ciudad y se resigna a verlo solo cuando llega de visita, un mes al año. Pronto se ve que las relaciones entre padre e hijo se han vuelto complicadas, porque el joven ha adquirido usos y costumbres ciudadanos que chocan con la tradicional vida hogareña. Padre e hijo tienen ahora modos de sentir, pensar y vivir opuestos (a tal punto que el autor había pensado originalmente titular la obra “Las dos conciencias”). Al hombre le molesta que el joven duerma hasta el mediodía, que desayune con chocolate o que se haga llamar “Julio” en vez de “Robustiano” (para disimular el “olor a campesino»). Para colmo, se ha enterado de que su hijo, si bien tiene buenas calificaciones, ha cometido una estafa para pagar sus deudas provenientes de los placeres de la noche ciudadana. «¡Canalla! ¡Farsante! ¡Dotor en trampas!”, estalla Don Olegario, y la trama deriva por los caminos conocidos del melodrama: enfermedad del padre y viaje a la ciudad para atenderse, muchacha huérfana criada en la estancia que es embarazada por el futuro “dotor”. En el final, éste se redime, por amor, de todos sus errores: la humilde muchacha campesina le ha ganado el corazón.

La obra tuvo en su momento un gran éxito, y dejó además como herencia, para el teatro y el cine nacional, una línea argumental recurrente: la del hijo que estudia para “ser dotor”, metáfora de la movilidad social y de la lucha por una vida mejor de las nuevas generaciones.

Durante los años 40 y 50, decenas de películas argentinas retomaron este relato fundacional: los padres se sacrifican para que sus hijos estudien y sean “mejores que ellos”. Por ejemplo, la madre viuda de la película “El amor nunca muere” (1955, interpretada por Tita Merello), que trabaja día y noche al frente de un corralón, manejando ella misma el camión cuando es necesario, con el solo objeto de que su hijo (Duilio Marzio) llegue a ser “dotor”. Y el muchacho consigue todavía más: no sólo se recibe sino que además se casa con la hija del “Decano de la Facultad de Medicina”. Para eso, su madre ha aceptado humillaciones impensables, como regalarle todos sus ahorros al futuro cuñado de su hijo, un “calavera” que ha puesto en riesgo la boda, y resignarse con dolor a no asistir a la ceremonia con tal de que su hijo alcance el sueño familiar.

Hay siempre, en estas películas, cierto contrapeso a la modernidad de estos hijos que han logrado “ser mejores que sus padres” y que, en un punto, resultan ser “iguales que ellos”. Son las “marcas” de identidad familiar, los legados morales, todo aquello que los hijos no han aprendido en la universidad sino que han heredado de su familia: el sentimiento, el sentido común, la humanidad. Así, el hijo de “El amor nunca muere” comprende, finalmente, el abnegado sacrificio de su madre y se acerca, después de la boda, a darle un beso junto a su flamante esposa, en el humilde corralón, frente a la foto de su difunto padre. Este vínculo profundo entre la “educación de los hijos” y la “herencia moral” (aquello que no se aprende en la aulas sino que se mama en el seno de la familia), con todas las variantes y juegos dramáticos posibles, se reitera en varias películas de la época hasta la llegada del “Nuevo Cine Argentino”.

Como en tantos otros órdenes de la vida, los años 60 llegan cuestionando y revolviendo todo, y la metáfora del “hijo dotor” estalla bajo la presión de los nuevos tiempos. La diferencia generacional, que estaba ya presente en la obra de Florencio Sanchez y en las películas que le siguieron, se abisma en los 60 con la aparición de un nuevo tipo de personaje: los “jóvenes rebeldes”, muchachos y chicas insatisfechos e incomprendidos a quienes la vida “burguesa” de sus padres les resulta hipócrita y absurda. Jóvenes que ya han ido a la universidad (y se han recibido o no), pero que han creído descubrir que ese mandato no los lleva a nada bueno. Que saben que no tendrán un buen trabajo, ni un sueldo decente, ni serán felices con un título bajo el brazo. Ahora, en las películas, los jóvenes deambulan sin rumbo por los parques y los bares, con un malestar profundo que los aleja de la vida familiar y sus legados, pero sin saber qué es lo que quieren ni a dónde van.

La década del 60 se va a cerrar con los estudiantes de Córdoba peleando en la calle contra la dictadura del Gral. Onganía. “Obreros y estudiantes, unidos y adelante”, gritaban la multitudes (y ahora no hablo de películas sino de la vida real). ¿Quiénes eran esos “estudiantes” de la consigna sino los hijos de los obreros, que habían podido acceder a la universidad, se habían decepcionado de las bondades de ese proyecto y estaban intentando una salida colectiva? La “militancia” que se comienza a imponer entre los jóvenes de la época puede ser entendida, en ese contexto, como un invento generacional en busca de unir la formación académica de las universidades con el legado de sentido común de los padres trabajadores: el sacrificio, el trabajo cotidiano, la humildad.

Esa generación, como sabemos bien, fue diezmada por la dictadura militar del Gral. Videla y Cía.: el 21% de los desaparecidos eran estudiantes (y el 45% eran menores de 25 años).

Claro que mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces, pero las corrientes subterráneas que empujan a los pueblos no se detienen, aunque a veces retrocedan o busquen el cauce por otros caminos. Hoy, el sueño de “m´hijo el Dotor” sigue vive. Por algo el sistema educativo argentino, en todos sus niveles, alberga este año a casi doce millones de estudiantes. Y aunque algunos se enojen cuando los jóvenes graduados ocupan puestos importantes en el Estado, y hay periodistas que se ofenden porque no alcanzan a entender los conceptos vertidos por funcionarios bien formados, la mejor educación académica unida al apego a los legados de amor familiar siguen siendo la mejor fórmula para enfrentar el futuro.

¿Para qué los mandamos a estudiar, si no? ¿Solamente para ver el título colgado?

No, con eso no alcanza. Queremos un hijo “dotor” para que llegue a Ministro de Economía (por poner un ejemplo) y trabaje cada día, con todo lo aprendido, por el bienestar de todos.

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